Máquina P.H.
Aparato: Ritos y geografías para Federico García Lorca.

Rocío Márquez con Pepe Habichuela, Proyecto Lorca, Arcángel, Miguel Ángel Cortes, Los Melli, Agustín Dassera.
Aparato: Pedro G. Romero.
Teatro Real de Madrid. 28 de febrero de 2015.
Publicado en la revista “El estado mental”.

De sobra es conocido el álbum de canciones populares que grabaron Encarnación López, La Argentinita, y Federico García Lorca. Son canciones verdaderamente populares a cuenta del número de versiones y revisiones a que se han sometido. Rocío Márquez y sus músicos no han intentado asumir ese repertorio, al menos no solamente. Se trata, más bien de ponerse en situación, dramatizar en el sentido de interiorizar, la que fueran las intenciones de la Argentinita y Lorca: intentar expandir su trabajo, también destilarlo, ser capaz de poder usar sus hallazgos como una herramienta que aplicar a la música popular, a nuestros personales bagajes musicales, a esa ionosfera global de sonidos del mundo que hoy es nuestra tradición.

Quedémonos con una escena. Lorca enseña a Manuel de Falla su hallazgo: Las tres hojas. Falla lo escucha y no se lo cree y piensa que la cancioncilla es una afortunada composición de su joven amigo. Lorca toma a Falla del brazo, lo monta en el coche y lo lleva hasta el cercano pueblo granadino donde ha tomado la melodía. Una fiesta. Pues bien, este recital no recoge más que algunos de esos viajes en coche. Y desde que llegó la invitación del Teatro Real hemos tomado el coche por aquí y por allá, llevando como brújula el disco de La Argentinita y como mapa el álbum de partituras que Lorca publicara. Estamos en medio del viaje y llegamos aquí, al escenario, con una muestra de lo recogido. Música popular, sin etiquetas, ni española ni andaluza. Música del pueblo, nada más y nada menos.

Es importante este punto. Andalucía es un territorio simbólico que se extiende mucho más allá de lo físico. El cancionero que Lorca recogió tiene resonancias de muchos puntos de la península, incluso ecos portugueses y del norte africano y del extenso Sefarad mediterráneo. Al flamenco le pasa otro tanto. La importancia de Cádiz, Jerez o Sevilla en el género no puede ocultar la relevancia de Murcia o Badajoz y, por supuesto, Madrid y Barcelona, fundamentales en todos los sentidos. La “andalucización” del flamenco es un fenómeno político. Las instituciones han operado con el género –la exclusividad del flamenco en el Estatuto de Andalucía o su declaración como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad son gestos tan ridículos como publicitarios– con el mismo tino que Borges cuando calificó a Lorca de “andaluz profesional”. Borges se equivocaba y confundía a Lorca con vilipendio nacionalista. También se trata de eso, de escapar a los estereotipos.

Empieza Rocío Márquez con el maestro Pepe Habichuela. Flamenco, sí, “la más culta de las músicas populares”, dijo Stravinsky. Café de Chinitas pero también cantes abandolaos de Juan Breva y Frasquito Yerbabuena. Milongas –¡ay!, La Argentinita– y cantiñas. Algunas canciones del álbum famoso, algún poema de Lorca: “Ahora en el monte lejano/ jugarán todos los muertos/ a la baraja. ¡Es tan triste/ la vida en el cementerio!”. Agustín García Calvo decía que el flamenco no era una música popular, no era tarareable, nadie canta en la ducha por soleá. Llevaba razón y la perdía aquí. Porqué esa es la dificultad y el reto. Situar las canciones populares en esa frontera, entre la melodía y la queja, entre la textura del sonido y el acorde musical. ¡Cómo borda Pepe Habichuela las cuerdas de la guitarra! Ésta no es ya la guitarra del barbero que se tocaba al aire en una tarde de juegos y canciones; pero, es verdad, también está ahí ese soniquete del pueblo, junto a la precisión de un Maurice Ohana, con la escritura de un Georges Crumb.

El tracatrá del coche, diría La Argentina de estos viajes y, ¡aquí está! Los deliciosos juguetillos que nos hace Leonor Leal, alegrías y tanguillos, quieren hacer presente a la artista. Hay algo ligero y fértil, profundo y leve, estilo. La Argentina era una de esas mujeres que representaba la nueva España republicana. Dueñas de su cuerpo y sus ideas, gustaban de palacios y aldeas, y no les importaba pasar de la gravedad del teatro nacional a la alegría del café cantante. La Corte y la arena. ¡Vivan las calles de Madrid! ¡Vivan las calles de Cádiz!

No es casualidad que Proyecto Lorca lleve ese nombre. Cuando los llama, Rocío Márquez busca ese espejo. Lorca engarzaba como nadie lo viejo y lo nuevo y ellos querían viajar por el mundo común de las músicas contemporáneas y el flamenco. Es redundante, claro, ¡el flamenco es de la misma época que Ravel o Debussy!, ¡el cante gitano-andaluz nace a la vez que las músicas de Luigi Nono o Luciano Berio! Pero no entretengamos el viaje. Rocío canta con ellos el ¡Anda jaleo!, y el trayecto es largo, empiezan en El polo del contrabandista, que cantara Manuel García para es estreno de El Barbero de Sevilla de Rossini; pasan por El vito y el ¡Ole! de John Coltrane, atraviesan nuestra guerra civil y casi llegan a las barricadas del 68 francés, cuando Guy Debord hizo cantar a los estudiantes de la Sorbona el ¡Ay, Carmela!. También es ancho el viaje asturiano, en tren y pasando por Santa Bárbara bendita. Pero me gustaría detenerme un segundo en la nana. Es conocidísima la miniatura del galapaguito que fijara Lorca, la Nana de Sevilla. En la indagación musical descubrimos una pauta musical que viajaba desde el Sáhara hasta Albania, desde la nana infantil hasta el cante terrible de la plañidera.

Y fue ahí que se le dio la vuelta al coche que la llevaba. Juan Breva grabó una nana que es petenera y Lorca que la evoca en el De profundis que musicó Shostakovich: “Los cien enamorados/ duermen para siempre/bajo la tierra seca./Andalucía tiene/largos caminos rojos./Córdoba, olivos verdes/donde poner cien cruces,/que los recuerden. /Los cien enamorados/ duermen para siempre”. Rito y geografía para Federico García Lorca.

Y acabamos por lo grande. Arcángel y Rocío Márquez. Fandangos de Huelva. Los cuatros muleros entre Alosno y Cortegana, ¡si parece qué estamos en Almonaster la Real! Ese es el tono de viaje que han buscado Miguel Ángel Cortés, Los Mellis y Agustín Diasera. Los descansos, las ventas, las paradas del camino. Pues, ¿no se fue construyendo así el flamenco?, la ruta de los contrabandistas, de Cádiz a Ronda, todo rueda. Los Peregrinitos: en la Venta Antequera, que está en las afueras de Sevilla, y lo hacen por tangos. Y también hay extravíos. Entre Arahal y Paradas y Marchena, Las tres morillas, ¡qué son de Jaén!, por olivares, por soleares. Así da gusto perderse… Pero volvamos al Alosno. Cuando leí Los trazos de la canción, la novela de Bruce Chatwin, empecé a escuchar el Alosno. El libro de Chatwin evoca el mundo que los aborígenes australianos conocen, con precisión cartográfica, gracias a las canciones. Memorizan canciones que son caminos. Así es el Alosno, ese pueblo mítico de Huelva y del fandango. Allí todo se canta, cada segundo, cada milímetro de la comarca tiene su canción. Así, Los cuatro muleros, Arcángel y Rocío Márquez, deletreando cada fandango, que van al río.

En cierto sentido, hay que olvidar a Lorca para poder recuperarlo. Para que vuelva ser una voz y no un monumento. Tras la guerra civil fueron los flamencos los primeros en seguir cantando a Lorca. Enrique Montoya y Juanito Valderrama, Gabriela Ortega y Lola Flores lo hicieron suyo naturalmente, no solamente como protesta. Es imposible que no haya contradicciones. Son tantos los focos que se ponen sobre Lorca que parece un milagro que sigan sin marchitarse sus imágenes y sus rimas. Recuerdo a Kevin Power intentando explicarme como sonaba el ruso de los grandes poemas de Mayakovski: “lo tienes ahí, lee en voz alta el Romancero Gitano”. ¡Ser un poeta del pueblo! Es imposible no fracasar en el intento. Asombra leer a los situacionistas traduciendo. “J’ai enlevé ma cravate./ Elle a enlevé sa robe./Moi, ceinture et resolver/ Elle, ses quatre corsages…”

No hay final del camino sin melancolía. El territorio de rito y geografía que evoca Federico García Lorca es trágico. Chumbera. Lacoonte salvaje. Es un camino de espinas. Sí, también el placer de arrancárselas, una a una. El aliento y los cuidados. Después de la larga caminata el cuerpo se queda satisfecho y exhausto. Se termina celebrando por seguiriyas, valga la contradicción: “Una canción se ha muerto/ antes de nacer. /Mi canción verdadera,/¿dónde la enterrare?”.

Enlace al texto en “El estado mental”.

Enlace al espectáculo en la página del Teatro Real.

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