Flamenco un arte popular moderno
Teoría musical del flamenco

El flamenco es, ante todo y sobre todo, música. Con frecuencia, se describe como un arte hermético, accesible sólo para iniciados. Pero a juicio de Faustino Núñez, musicólogo y Presidente de la Asociación Antonio Gades, en realidad es un arte mestizo, universal, que logra conectar con gente de culturas y sensibilidades musicales muy diferentes. Pero en el flamenco, según Núñez, siempre ha habido muchos fundamentalistas (“talibanes de lo jondo”) que desde una falsa mitología de lo racial y una defensa casi patológica de la pureza, han impedido que este arte amplíe sus horizontes y evolucione. Como si temieran que esa evolución, ese diálogo con otros estilos, condujera irremediablemente a su desaparición. “Un temor absurdo, señaló Faustino Núñez, pues ni al jazz, ni al blues les has perjudicado su comercialización, su contacto con otros géneros musicales. Yo, por mi parte, sueño con que algún día haya una orquesta flamenca, en la que todos los violines toquen por soniquete”.

A veces, se argumenta que el flamenco hay que sentirlo, que no es algo que se pueda aprender, sino que sale de dentro, de las entrañas. Para Núñez, eso es una redundancia: toda música hay que sentirla y el hecho de que los intérpretes flamencos no sepan leer partituras, no implica que sea un arte sin código y sin técnica. Por el contrario, tiene reglas sumamente codificadas y exige cualidades interpretativas muy concretas. “Lo que ocurre, precisó Faustino Núñez, es que dichas reglas no se fijan en la escritura, sino en la memoria. Pero eso no significa que sea un arte improvisado”.

En general, los musicólogos españoles han analizado poco y mal el flamenco, entre otras cosas, según Faustino Núñez, porque al ser una música de compás acéfalo, les resulta muy difícil de entender. Y para evitar complicaciones se limitan a definirlo como una modalidad más del folclore español, sin profundizar en sus particularidades ni percatarse de que se trata de una música universal que gusta en muchas partes del planeta. “De hecho, se lamentó Faustino Núñez, a día de hoy prácticamente no existen musicólogos en España con los que se pueda debatir seriamente sobre la medida de la soleá o de la seguiriya”. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. Todos los grandes compositores clásicos españoles se han sentido muy atraídos por el arte jondo, desde el catalán Isaac Albéniz (diez de las doce piezas de su Suite ibérica -”obra cumbre de la pianística española”- se inspiraban en motivos andaluces) hasta el gaditano Manuel de Falla que, además de componer obras llenas de sabor y sentido flamenco (El amor brujo), escribió profusamente sobre este arte. Un interés que también han demostrado prestigiosos musicólogos, como Manuel García Matos, autor de sugerentes textos sobre el aire y el compás de la seguiriya, o recientemente el estadounidense Peter Manuel, que ha analizado la armonía en la guitarra flamenca.

Durante su intervención en el seminario Flamenco, un arte popular moderno, Faustino Núñez recordó que en España y en Hispanoamérica existe un folclore muy rico y complejo. “Porque otras cosas no sabremos hacer, subrayó, pero cantar, tocar y bailar, desde luego que sí”. Sin embargo, en el imaginario hispano sigue prevaleciendo el tópico de que, desde un punto de vista musical, estamos en la cola de Europa. Y, por ejemplo, se desprecia a la pandereta, un “instrumento muy sabroso” que simbólicamente se asocia con el jaleo y la falta de seriedad (“la España de charanga y pandereta”).

Al igual que la energía, los estilos musicales (incluido el flamenco), no surgen de la nada, no se crean ni se destruyen, sino que se transforman. El flamenco, tal y como lo conocemos hoy, se gestó a mediados del siglo XIX como fruto de un proceso de disolución y cristalización de elementos (rítmicos, melódicos, armónicos o formales) procedentes de otros estilos anteriores. De este modo, se fueron conformando los distintos palos que en muchos casos surgieron unos de otros. Así la soleá y el tango se basan en la misma armonía (y en melodías muy similares), pero se distinguen en el ritmo, en el compás.

El flamenco es un arte musical que con los mínimos medios proporciona el máximo de intensidad. “Mientras Antón Bruckner, ejemplificó Faustino Núñez, necesitaba una orquesta de 90 músicos para expresarse plenamente, en el flamenco esa intensidad se consigue con una guitarra, unas palmas y unos pies”. Las distintas combinaciones de los valores de sus parámetros básicos -melodía, ritmo y armonía- da lugar a los diferentes palos. En este sentido, Faustino Núñez aseguró que se podría hacer una tabla que ordenara y clasificara gráficamente los estilos del arte jondo. En la misma, habría una fila en la que se indicaría a que compás se ajusta cada palo -3 x 4, 2 x 4 o 6 x 8- y otra, que señalaría en que tonalidad se canta o toca: modal, mayor o menor.

A juicio de Faustino Núñez todos los cantes flamencos son de ida y vuelta, no sólo los que reciben tal nombre. “El problema, advirtió es que a los europeos, les cuesta mucho trabajo reconocer influencias”. Hay que tener en cuenta que las primeras referencias históricas del fandango datan del siglo XVIII y en los textos de aquella época se describía como un baile que habían traído los viajeros que regresaban de los “reinos de Indias”. Para Núñez, la universalidad del flamenco deriva, en gran medida, de su capacidad para catalizar elementos culturales muy diferentes. “Es, por tanto, subrayó, un arte mestizo por naturaleza”.

En este punto de su charla, Faustino Núñez puso una grabación de un “fandango indiano” del siglo XVIII atribuido al compositor napolitano Domenico Scarlatti y a continuación interpretó con una guitarra un fragmento de una soleá. Desde su premisa de que los estilos musicales no se crean ni se destruyen, sino que se transforman, Núñez quiso mostrar cómo elementos rectores del primitivo fandango indiano han terminado cristalizando en la soleá y en la bulería por soleá. Curiosamente, en la actualidad denominamos fandango a lo que a mediados del siglo XIX, se llamaba malagueña. También hay otra danza popular de origen hispanoamericano, la chacona indiana (“un hit parade en la Europa de la época”), que puede considerarse la “tatarabuela” de muchas formas flamencas.

En la fase final de su intervención en el seminario Flamenco, un arte popular moderno, Faustino Núñez dibujó una especie de reloj para explicar como se regula la rítmica de las soleás, de las alegrías, de las bulerías y de las seguiriyas. El 3 x 4 es un compás ternario de subdivisión binaria (es decir, que cada una de sus tres partes se divide en dos), mientras el 6 x 8 es al revés (esto es, es un compás binario de subdivisión ternaria). A partir de la chacona indiana, el flamenco une estos dos compases, insertando, por ejemplo, un compás de 6 x 8 en otro de 3 x 4. Según Faustino Núñez, el ritmo que sale de esa combinación está en la base tanto del punto cubano, las guajiras, las peteneras o la música que utiliza Leonard Bernstein en West Side Story para presentar a los puertorriqueños, como de las soleares, las seguiriyas o las bulerías. Con la particularidad de que los flamencos no tocan el “uno del compás” (es decir, el que corresponde a la “una” en el reloj que Faustino Núñez dibujó para explicar la rítmica de los distintos palos), sino que lo golpean en la madera de la guitarra. “Pero que no lo toquen, advirtió, no quiere decir que no haya que contarlo, porque en la música, los silencios son tan importantes como los sonidos”.

Este viaje de ida y vuelta también se puede apreciar en los palos flamencos basados en compases binarios: el tango y todos sus derivados (el garrotín, la milonga, la vidalita…). Por ejemplo, la rumba flamenca viene de la guaracha, aunque siempre se haya pensado lo contrario. Para demostrar esta hipótesis, Faustino Núñez, comparó una guaracha de Miguel Matamoros con la rumba cubana El papalote (en una grabación procedente de un trabajo de campo de María Teresa Linares) y con la versión que hizo de esta última el cantaor sevillano Pepe de la Matrona. “En realidad, concluyó Faustino Núñez, el flamenco es una música muy ornamentada, un producto sumamente elaborado y complejo que, en cierto sentido, está más cerca de la música culta que de la folclórica. Pero si le quitamos esos adornos, nos terminamos encontrando canciones populares tradicionales”.

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