Flamenco un arte popular moderno
Quien canta su mal espanta

En el inicio de su intervención en el seminario Flamenco, un arte popular moderno, Agustín García Calvo señaló que el título de su ponencia derivaba de un artículo que publicó en El País en el que denunciaba el modelo de canción popular (o, más exactamente, comercial) que se ha impuesto en los últimos años. “Son canciones, explicó, muy difíciles de recordar y de tararear, en las que ni la música ni la letra resultan ‘memorables’”. Para el autor de Contra el Tiempo, el hecho de que no se pueda recordar una canción o una poesía, prueba su inutilidad, porque, como sugiere lúcidamente el dicho popular que da título a su ponencia, quien canta -o quien recita- su mal espanta.

Todo esto refleja el tipo de sociedad que estamos construyendo (o que estamos dejando que se construya). Una sociedad infeliz y autista en la que los individuos están sometidos a una dinámica de consumo convulsivo y vacío. Hoy día la gente no canta en voz alta, sino que se limita a escuchar y a tragar todo lo que ofrece el mercado. “Y quien se pone unos auriculares, advirtió García Calvo, para escuchar las canciones más vendidas, difícilmente podrá espantar su mal. Igual que no lo hace quien asiste a un concierto para rendirle pleitesía al músico que en ese momento esté de moda”. Por el contrario, esas personas, con su pasividad y desidia, están contribuyendo a mantener el actual régimen de poder.

Tras esta breve introducción, Agustín García Calvo, Catedrático Emérito de Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid, articuló su intervención en torno a un dato que, por lo general, no se tiene en cuenta a la hora de analizar el flamenco: el esquema melódico que subyace en los distintos estilos del cante jondo (soleares, seguiriyas, martinetes, tonás…) es de una simplicidad extrema. “Es decir, explicó García Calvo, en el flamenco, la ejecución -la interpretación de los cantes- es muy rica y compleja, pero se sostiene sobre una línea melódica sumamente esquemática y limitada”. Así, la mayor parte de las coplas flamencas repiten la misma estructura melódica: se inician con un primer verso en el que se mantiene una única nota hasta que acaba, después hay una bajada de tono que se rompe en el tercer verso, cuando se produce una inflexión melódica que lleva al cantaor a la nota más alta, hasta que en el último fraseo vuelve a bajar el tono y cierra la melodía.

Esa es la estructura melódica que, a grandes rasgos, tienen todos los palos flamencos, sobre todo los más “jondos” (que son los que se prestan mejor al virtuosismo interpretativo). Según García Calvo, en los cantes más livianos, a veces aparecen ciertos elementos de las canciones populares andaluzas que, a nivel melódico, tienen una riqueza extraordinaria. Esto ocurre, por ejemplo, cuando en ciertos cantes se añade al final de su ejecución una especie de coda con un fragmento de una copla tradicional. O también en las versiones que han realizado algunos cantaores (como Antonio Mairena) de romances tradicionales, en las que recurren a técnicas melódicas semejantes a las utilizadas en los cantes populares andaluces. En cualquier caso, la extrema sencillez del armazón melódico del flamenco tiene una finalidad claramente funcional: permite la modulación de la voz, el virtuosismo en la ejecución. No hay que olvidar que lo que más atrae del cante jondo es la riqueza de las modulaciones vocales, algo que sólo se puede realizar sobre una base melódica sencilla.

En este punto de la charla, Agustín García Calvo realizó un pequeño paréntesis para denunciar el excesivo protagonismo que, a su juicio, está adquiriendo el flamenco dentro del entramado institucional y académico español. En este sentido recordó como en 1961 le tocó ser el anfitrión de la primera intervención que hizo Antonio Mairena en un espacio universitario. “Al final, rememoró García Calvo -que por aquel entonces impartía clases en la Universidad de Sevilla-, conseguimos que se animara a cantar, y nos dio un recital estupendo, explicando cada uno de los palos que interpretaba”. Cuatro décadas después, el flamenco no sólo ha entrado en la Universidad, sino que ha alcanzado un status privilegiado y, a día de hoy, pocas cosas son más sagradas para el poder cultural que el arte jondo. Según el autor de Más canciones y soliloquios, hay que evitar ese encumbramiento (esa glorificación), pues cuando un arte popular llega a un grado tan elevado de connivencia con el poder, se convierte en una herramienta al servicio de los intereses del Estado (y del mercado), lo que inevitablemente le aleja del pueblo.

Retornando al planteamiento central de su intervención, García Calvo señaló que el virtuosismo en la ejecución de los palos flamencos hace que, a veces, se lleguen a desfigurar las letras de ciertas coplas, hasta el punto de que ni siquiera se entiende lo que dicen los cantaores. Esas desfiguraciones se llevan a cabo a través de procedimientos muy diferentes. En algunos casos, se provoca una ruptura de la métrica en octosílabos, alargando los versos (por ejemplo, de “las fatigas que yo paso” a “las fatiguitas que yo estoy pasando”) o cortándolos. Algo que, en palabras de García Calvo, “está más que justificado porque el octosílabo es una maldición que arrastra la canción y la poesía popular española e hispanoamericana desde el siglo de oro (ya que antes era polimétrica y polirrítmica)”. Curiosamente, también en la ópera la melodía está al servicio de la ejecución (del virtuosismo de las voces) y las letras suelen ser un mero pretexto. De hecho, el público que acude a ambos tipos de espectáculos (a las representaciones de óperas y a los recitales flamencos), tiene un objetivo similar: disfrutar de las habilidades vocales de los intérpretes.

Otra crítica que Agustín García Calvo platea al cante jondo como práctica artística consagrada es la prolongación forzada de su duración para adaptarse al formato clásico de canción. “En realidad, precisó el escritor zamorano, no sabemos muy bien las razones por las que las canciones tienen que durar aproximadamente tres minutos ni las funciones teatrales (y, por extensión, las películas) en torno a la hora y media, aunque eso es algo que ya ocurría en la antigua Grecia”. A principios y mediados del pasado siglo, los cupleteros (los que componían las letras y músicas de las coplas) se ajustaron a ese tiempo (al “misterio de los tres minutos”, como lo describe García Calvo) para crear sus canciones, pues le permitía contar una historia más o menos desarrollada.

El repertorio de letras del cante jondo se nutre, en su mayor parte, de estas coplas, tomando una estrofa de cuatro versos que alargan a través de diversas desfiguraciones (quejíos, cortes, repeticiones…) hasta prolongar la ejecución a esos tres minutos de rigor. Según García Calvo habría que preguntarse si esa prolongación forzada de la duración de las letras de los cantes flamencos responde a los mismos motivos por los que se alargan artificialmente las canciones comerciales actuales (en este caso, con recursos bastantes toscos, básicamente la repetición del estribillo). “Es decir, puntualizó, si se debe a necesidades expresivas o es simplemente una excusa para llenar el tiempo, para alcanzar esos tres minutos”.

Ya en la fase final de su intervención en el seminario Flamenco, un arte popular moderno, Agustín García Calvo señaló que en cualquier población se mezclan dos cosas: las personas (que se pueden contabilizar, que existen, que tienen “documentos de identidad”) y el pueblo (que no se sabe lo que es ni se puede contar, que no existe). “En las producciones culturales que llamamos populares, aseguró García Calvo, una veces dominará lo primero (las personas) y otras veces lo segundo (el pueblo)”. Es decir, podremos encontrarnos hallazgos expresivos que no se sabe cómo (ni cuándo ni dónde) han surgido o una mera sucesión de trivialidades, obviedades y estupideces que, eso sí, tienen un claro “sello personal”. En el primer caso, estaríamos ante una manifestación del pueblo y en el segundo, ante la expresión de una individualidad egocéntrica y previsible.

Así, de un momento de verdadera poesía como el que nos proporciona esta copla anónima -”no te llames Francisco / llámate Antonio / porque Antonio era el nombre / de mi primer novio”-, el sello personal crea una estrofa tan cursi y estúpida como la siguiente: “no me llames Dolores / llámame Lola / que ese nombre en tus labios / sabe a amapola” (“su creador, ni siquiera sabe que las amapolas tienen un sabor agrio e insoportable”, ironizó el autor de Diálogos de gente). En cualquier caso, según García Calvo, no importa que la copla anónima fuera en su origen obra de un autor concreto, porque a través de ella se ha expresado el pueblo. “Y el pueblo soy yo, añadió, porque el ‘yo de verdad’ no existe, no es uno (no es una singularidad, no es una persona), sino cualquiera que dice yo en cualquier momento. Yo somos todos”.

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