02.mar.2015 LA CASA DE LA SANGRE

El Tío Caloco no tenía familia, nunca había pisado un bar, y en la plazuela se sentaba al sol en el mismo sitio. Él no había grabado discos, no cantaba en las bodas, ni iba a la feria, y dicen que una vez, una gitana que servía en la casa del médico coronel que era músico, lo vio bailar de esquinilla en un bautizo. Pero cuando el Tío Caloco hablaba siempre provocaba la resurrección de Zaratustra, diciéndose en los remates de sus discursos:

– “… asín habla Caloco”.

Todo el mundo se acercaba al gitano viejo cuando alguien buscaba a los flamencos ocultos y perdidos, a los que no se habían profesionalizado por gusto, por no mudarse, por dejadez o porque simplemente no querían.

Y el Tío Caloco facilitaba que los gitanos cerrados-cerrados permitieran algunas entrevistas y grabaciones familiares, realizadas por documentalistas que nunca saben ni dónde ni cuándo se verá la película flamenca al final.

 

lacasadelasangrePIELFORT

 

Las madres del barrio acercaban al Tío Caloco a sus niñas y niños para que fuera justo, y les quitara las pamplinas del roneo musical y el artisteo; porque en el barrio, el salir cantando, bailando o tocando la guitarra en condiciones, era lo mismo que te tocara la lotería, y había familias en las que había sucedido varias veces, salvándose así todos de la ruina.

–¡Te digo yo que en los supermercados de España se vende toda la verdura y la fruta que las multinacionales antes destinaban a los zoológicos de Europa… por eso está todo insulso! –señalaba el Tío Caloco a una mujer que se quejaba de los precios de las naranjas secas, las manzanas verdes y las lechugas esmirriadas.

Los niños, mientras jugaban con grandes cajas de cartón, bordoneando con los pulgares sobre las cuerdas adhesivas de los precintos, escuchaban al hombre que seguía diciendo:

–Hace sólo un cuarto de hora del siglo pasado, en la época de La Hambre, después de la guerra civil, cuando la gente no podía dormir tranquilamente, ni de un tirón, por culpa de la represalias, el frío, los parásitos y las ganas de comer… los terroríficos gritos nocturnos que atravesaban las noches y la neblina púrpura del barrio, eran tan desgarradores que parecían provenir del más allá, o del abismo de los estómagos de monstruos fantásticos y gigantes de lejanas regiones…  y los gritos inarticulados se sumaban con las voces guturales que no se entendían y continuaban sonando hasta el amanecer… pero las fieras del zoológico se fueron haciendo a esta tierra y sus calamidades, y poco a poco los hijos de sus hijos fueron perdiendo sus furias bramadoras y los lúgubres alaridos… y como los animales de hoy están muy hartos de pienso y preparados energéticos, pues ya no se escuchan ni se sienten de noche.

–¿Y cuál era el que mejor cantaba, Tío Caloco?

–A mí me gustaban todos por igual… yo los escuchaba en directo porque conocía al guarda, que me dejaba pasear bajo los ficus, las palmeras y las araucarias… pero el que tenía el cante más largo y completo era el mono aullador, ¡que lucía brillantina, patillas de hacha y hasta un abrigo negro! Le faltaba sólo dar tabaco.

–¿¡Y bailando!? –preguntaron a compás jugando a cosas de chiquillos.

–¡El tigre, por supuesto!… parece de primera que está dormido, como una guitarra naranja… porque le echan pastillas relajantes en la comida para aplacarlo… pero una vez lo durmieron tanto, tanto… que entre el guarda y unos pocos soldados -de los que había antes junto al zoológico-, de madrugada lo cogieron entre todos de un puñado y lo engancharon en el coche de caballos de Fulano… ¡no veáis la de botes que daba el tigre por la mañana tratando de soltarse de los correajes!… rugía que levantaba el carro del suelo… y el susto de muerte que se llevó el dueño cuando fue a la cochera para ir a trabajar, que hasta creyó que el tigre se había comido al caballo.

Los niños ya habían despedazado las guitarras, poco a poco iban desmontando las cajas y extendían los cartones improvisando un escenario callejero, cuando en un momento el Tío Caloco desapareció de la plazuela sin que se dieran cuenta.

Él sabía que aquello se había acabado, como ya dijeron los autores que subían hasta la Acrópolis para calcar literalmente los grafitis de los teatreros antiguos. El reservorio del salvajismo no tenía créditos suficientes para que se creara un master en el conservatorio flamenco, que verdaderamente era el mismo barrio.

Tío Caloco decía que el espermatozoológico se había terminado y que sólo quedaban los supersimios vestigiales repitiendo melismas falsos y aprendidos, haciendo ayeos admirativos y mímicas flamencas.

Cuando la policía atravesó por fin el espejo de la pantalla de los televisores, introduciéndose en las salas de estar de todos los hogares, se encontraron entonces con el Tío Caloco muerto, sentado en el sillón marrón que daba masajes, muy descompuesto y con señales de haber sido devorado por los gorriones.

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SOBRE EL BLOG
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Blog de David Pielfort.

AUTOR: David Pielfort
DAVID PIELFORT (1971). Salido de una novela de Dickens, es abandonado por los gitanos. Un banco le compró un cuadro. Su voz retumbó en la Bienal de Arte de Venecia, e Israel Galván ha bailado sobre su cuerpo. Otorgó la llave de oro del cante jondo a Paco de Lucía, en una pielfortmance que televisó La 2.
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