La noche española
Intervención y mesa redonda

Ángel González, profesor de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid y autor de El resto. Una Historia invisible (libro por el que recibió en el año 2001 el Premio Nacional de Literatura, en la modalidad de Ensayo) comenzó su intervención confesando que a él no le interesa el flamenco, al menos entendiendo éste como algo “genuino y racial”. Por eso se sintió bastante aliviado cuando descubrió que a Camarón de la Isla (un artista que siempre le ha gustado), a pesar de ser gitano, “no se le tenía por un flamenco genuino”. A juicio de Ángel González -autor del artículo La noche española (un texto esencial en la aproximación al papel que ha jugado “lo flamenco” en las diversas crisis de la modernidad artística europea)-, tras la exaltada defensa que se hace de las “prodigiosas facultades de la gitanería” en ciertos círculos intelectuales y mediáticos, se oculta una actitud tan paternalista como mixtificadora que, por desgracia, no se va acabar a pesar de escándalos como el generado por el caso Farruquito. Un bailaor que ha llegado a asegurar que ni ensaya ni practica sus coreografías, pues todo lo que hace le viene de casta. “Y que tenga que venir un personaje como Farruquito”, ironizó, “a reactivar aquel viejo cacharro romántico de la genialidad”.

En realidad, en su artículo La noche española no hablaba de lo español, sino de algunas falsificaciones de lo español que, en su opinión, no sólo son más interesantes sino también más verdaderas que lo originariamente español. “Por ejemplo”, señaló, “los cuadros españoles de Édouard Manet me parecen infinitamente más verdaderos (esto es, más españoles) que los de Jiménez Aranda”. En ese artículo, Ángel González incurría deliberadamente en ciertas paradojas y juegos de palabras con la intención de poner lo español en su sitio (“es decir, en un sitio que no fuera España”).

En este sentido, el autor de El resto. Una Historia invisible leyó algunos fragmentos de dicho artículo en el que, entre otras cosas, afirmaba que “de español, lo español sólo tiene el nombre” o que “lo español no es sino un estado de lo que no es español (…) en fin…, que lo español lo es tanto como aquella gripe española que se llevó por delante a Guillaume Apollinaire”. Ángel González recordó que en ese texto también decía que con lo español las vanguardias habían entrado “en la noche, en la sombra” y que, a menudo, lo español se manifiesta de forma mucho más violenta “en artistas que no son españoles (o que lo son de pega), como Francis Picabia”. Hay que tener en cuenta que el artículo fue concebido para un número monográfico sobre España de la revista El Paseante que había sido financiado por el Ministerio de Cultura para presentarlo en la Feria del Libro de Frankfurt. “Y yo pensé”, reconoció Ángel González, “que lo cortés sería decirle a los de fuera que ellos eran, probablemente, los verdaderos españoles”.

Durante su intervención en el seminario La noche española. Flamenco, vanguardia y cultura popular, Ángel González advirtió que, en el fondo, el artículo era una divagación sobre el “exceso” (concebido como una de las formas más habituales que tiene lo moderno de manifestarse). De hecho, él considera que “lo español” es sólo uno de los nombres que ha recibido el exceso moderno.

Pero La noche española representaba también un homenaje a Vicente Escudero, un bailaor por el que siempre sintió una “extravagante admiración”. Una admiración que se inició en su infancia, cuando ni siquiera le había visto bailar, sólo hacer algunos movimientos aislados. “Lo que me gustaba de Escudero”, recordó Ángel González, “eran los movimientos de sus brazos que me parecían los de un brujo: gestos de poder y de dominio sobre las cosas de este mundo”. Esa sensación volvió a revivirla años después cuando vio la película Con el viento solano de Mario Camus (basada en la novela homónima de Ignacio Aldecoa), en la que Vicente Escudero -que interpreta a un antiguo maestro de baile- hace un movimiento “exacto y fulminante, como un relámpago que iluminara el mundo”.

Cuando trabajaba en la galería Multitud de Madrid, Ángel González -que ya había leído los dos libros que publicó Escudero: Mi Baile (1947) y Pintura que baila (1950)-, le conoció personalmente. “Era un tipo magnífico, imponente”, recordó, “que hablaba como quien no quiere la cosa de su querido amigo Max Ernesto”. Su “extravagante admiración” por Vicente Escudero se vio acrecentada al saber que había nacido en Valladolid y que no tenía sangre gitana, es decir, que no era un flamenco genuino, sino fingido, falsificado. “Y le admiré aún más”, añadió, “cuando descubrí las fotos que le había realizado Man Ray, en las que parece un demonio severo, pero benévolo”.

Contemplando el cuadro La Noche Española de Francis Picabia en una exposición que se celebró a principios de la década de los ochenta en la Biblioteca Nacional de Madrid, Ángel González tuvo la certeza de que el bailaor que aparecía era Vicente Escudero. “Lo supe”, señaló, “con la certeza incontestable, definitiva de los paranoicos”. Los datos biográficos que se conocen de ambos creadores parecen desmentir esta hipótesis, pero aún hoy sigue convencido de que es él. De hecho, en la fase final de su intervención en el seminario La noche española. Flamenco, vanguardia y cultura popular, Ángel González confesó que el artículo que ha dado nombre a este encuentro y a la exposición homónima que se celebrará en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en el año 2007 fue escrito para “hacer fuerza sobre las fechas” y conseguir que esa hipótesis tuviese más verosimilitud. “Una falsificación”, concluyó, “que espero que no me toméis muy en cuenta”.

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