La noche española
Imágenes flamencas en la plástica española (1910-1930)

A principios del siglo XX, una serie de artistas españoles comenzaron a tratar temas y motivos regionalistas desde una perspectiva estilística que rompía con la tradición decimonónica académica. Lo flamenco, como la expresión folclórica más genuina de lo andaluz, atrajo a una gran parte de estos creadores que, según Francisco Javier Pérez Rojas, catedrático de historia del arte en la Universidad de Valencia, se acercaron a este tema con propuestas que oscilaban “entre la expresividad y el decorativismo”. En su intervención en el seminario La noche española. Flamenco, vanguardia y cultura popular, Pérez Rojas analizó algunas de las “obras flamencas” más emblemáticas de José María López Mezquita (Granada, 1883 – Madrid, 1954), un pintor vinculado a esta corriente regionalista sobre el que no se ha realizado un estudio riguroso que aborde el conjunto de su producción.

En La cuerda de presos (1901), una obra que forma parte de la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y con la que López Mezquita obtuvo la Primera Medalla Nacional de Bellas Artes cuando aún no había cumplido los 18 años, muestra a varios reclusos escoltados por miembros de la Guardia Civil andando por una calle de Madrid ante la presencia de un grupo de ciudadanos burgueses. Detrás de los presos (algunos de los cuales tienen, en palabras de Francisco Javier Pérez Rojas, “aire de flamencos”) aparece una mujer gitana con un niño en los brazos que se dirige a los guardias civiles implorando compasión. Se deduce, por tanto, que es la esposa de uno de los detenidos. Según Pérez Rojas, en esta obra se confrontan dos mundos muy diferentes: el de los “ciudadanos de bien” (los burgueses -que miran a los presos entre la curiosidad, la censura y la conmiseración- y los agentes de la autoridad) y el de los sectores más marginales de la sociedad, con los que históricamente se ha asociado el flamenco. A su vez, la obra de Mezquita alude a un conflicto muy arraigado en el imaginario popular español: el que enfrenta a guardia civiles y gitanos.

“Si en La cuerda de presos muestra una familia rota por culpa de la delincuencia”, señaló Francisco Javier Pérez Rojas, “en La carpintería (1906-1907) López Mezquita nos coloca ante una familia unida por el trabajo”. Representa una casa humilde pero acogedora en la que está trabajando un joven carpintero acompañado de su mujer que tiene un niño en los brazos. Esta idílica imagen doméstica queda alterada por un detalle que nos remite a una trágica realidad social de la España de principios del siglo XX: se trata de un carpintero de ataúdes de niños al que, en una época con una alta tasa de mortalidad infantil, no parece que le falte el trabajo.

En esta línea de pintura social que mezcla la visión naturalista y el interés etnográfico con un discurso crítico y moral más o menos explícito se encuadra también una de las obras más inquietantes e impactantes de José María López Mezquita: El velatorio (1910), un lienzo de gran formato sobre una España primitiva y marginal que vivía ajena al progreso y a la modernidad. Interesado por mostrar los contrastes de la sociedad de su época, el pintor granadino presentó esta obra en la Exposición Nacional de Madrid de 1910 junto a una retrato de la familia Bermejillo -símbolo del refinamiento y la sofisticación de la burguesía urbana y emprendedora- por el que se le concedió de nuevo la Primera Medalla Nacional de Bellas Artes.

El velatorio, que conecta con las propuestas de Ignacio Zuloaga y José Gutiérrez Solana, representa a un grupo de gitanos del Sacromonte granadino en un duelo por la muerte de un niño pequeño. Un duelo en el que, reproduciendo una tradición ancestral que aún en aquella época se practicaba en ciertas zonas de Andalucía y del levante español, la tragedia se convierte en una fiesta flamenca aderezada por el vino, el cante y el baile. López Mezquita realiza un cuadro denso y tenebroso sobre un rito fúnebre que es, a la vez, una celebración desesperada de la vida. En diagonal a las figuras desoladas de la madre que llora y de la abuela que parece esperar resignada la llegada de su propia muerte, el creador granadino coloca a una bailaora sensual y voluptuosa que simboliza la pasión vital de la juventud. “López Mezquita”, señaló Pérez Rojas, “pinta en este cuadro muchas cosas: la fealdad de la vejez y la belleza seductora de la juventud; la atmósfera oscura de una cueva del Sacromonte y también algo que es muy difícil de plasmar plásticamente: la algarabía de una zambra gitana en la que se mezclan las palmas y los sollozos, la alegría y el dolor”. A su juicio, toda la fuerza y el dramatismo del cante jondo está en esta obra llena de movimiento y tensión que desde un punto de vista compositivo se resuelve con mucha habilidad.

La obra fue muy bien recibida por la crítica que, en un momento de reivindicación del casticismo, consideraba a López Mezquita como uno de los pintores que mejor expresaba “lo español”. Se elogió de forma especial la figura de la bailaora que, según afirmó un crítico de la época, cristalizaba “todas las seducciones de la raza gitana”. Para otro crítico, Francisco Alcántara, lo interesante de El velatorio es que muestra la pasión y la vitalidad que “corre a mares en toda fiesta gitana” y que muy pocas veces consiguen expresar los artistas plásticos. Por su parte, Miguel Ángel Rodenas aseguró que tanto El velatorio como el retrato que realizó de la familia Bermejillo podían calificarse como ejemplos artísticos del proyecto regeneracionista, pues ilustraban el afán que tenía este movimiento de construir una nueva idiosincrasia de lo español que mezclara la búsqueda y defensa de valores identitarios nacionales con una actitud abierta y cosmopolita.

Pero, ¿qué le llevó a pintar un cuadro como El velatorio que puede definirse como su obra más “expresionista”? Hay que tener en cuenta que López Mezquita era un pintor con unas dotes técnicas extraordinarias (especialmente para la representación naturalista), pero no tenía un espíritu rupturista y nunca compartió el proyecto vanguardista de propiciar una renovación radical de las artes plásticas. En cualquier caso, El velatorio no surge de la nada. Ya en 1906 realizó una obra, Un baile en España, en la que, alejándose del tipismo folclórico, recurre a un estilo naturalista y descarnado para retratar una escena festiva en la que aparecen unos guitarristas ciegos, en primer plano, y un grupo de personas bailando, en segundo término. De forma indirecta, esta obra aborda el tema de la prostitución y refleja la situación de desigualdad social que lleva a muchas mujeres a recurrir al “comercio carnal” para sobrevivir.

El velatorio también conecta con otros trabajos que por la misma época llevaron a cabo autores como José María Rodríguez Acosta, que en 1908 pintó Los gitanos del Sacromonte (obra de gran valor etnológico en la que se retrata el interior de una vivienda gitana) o Julio Romero de Torres. “Frente a la serenidad casi clásica y a la mirada amable y dulcificada del mundo gitano que ofrecen estos dos pintores”, señaló Pérez Rojas, “López Mezquita tiene una visión mucho más arrebatada e intensa, dotando a su bailaora de un dinamismo expresivo que evoca la figura de una bacante”.

A juicio de Francisco Javier Pérez Rojas, comisario de las exposiciones Dos historias paralelas: las vividoras del amor y las Señoritas de Avignon (2003) y la reciente López Mezquita, de Granada a Nueva York, también se puede considerar El jaleo de John Singer Sargent (cuadro analizado por Jo Labanyi en el marco de este seminario) y Luciene Bréval como Carmen de Ignacio Zuloaga (presentado en el Salón de la Société Nationale de París en 1908) como antecedentes directos de El velatorio. Igualmente cree que se podría establecer una línea de continuidad entre esta obra y las piezas que realizó Joaquín Sorolla sobre el Café Novedades de Sevilla o, sobre todo, su mural El baile para la sede de la Hispanic Society of America en Nueva York. “En mi opinión”, subrayó Pérez Rojas, “estos cuadros de Sorolla son, tanto desde un punto de vista formal como conceptual, mucho menos interesantes que El velatorio, pues en ellos el pintor valenciano recurre a múltiples tópicos y es excesivamente superficial”.

En obras posteriores, López Mezquita sigue utilizando temas y motivos flamencos, pero suaviza el tono descarnado que caracteriza a cuadros como Un baile en España o El velatorio. Son unos años en los que estos temas se ponen de moda y muchos artistas, como el citado Julio Romero de Torres o Anglada Camarasa, hacen del flamenco un tema central de su producción. A diferencia de la mirada realista y el afán expresivo de López Mezquita (que hace que, a veces, sus cuadros puedan parecer vulgares y toscos), la mayoría de estos creadores realizan una recreación estilizada y simbólica de lo flamenco. Francisco Javier Pérez Rojas finalizó su intervención en el seminario La noche española. Flamenco, vanguardia y cultura popular con el análisis de dos obras que, a su juicio, reflejan de forma muy ilustrativa la tendencia esteticista que predominó en la representación plástica de los temas y motivos españoles durante la segunda década del siglo XX: la portada del catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1915 (realizada por Rafael de Penagos), donde aparece una “musa española” estilizada y sensual que se asemeja a un figurín de moda; y un cartel que diseñó Ramón Carazo cuatro años más tarde, en el que la representación de lo flamenco se utiliza ya como reclamo turístico.

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