Flamenco un arte popular moderno
Flamenco: neo-tradicionalismo y post-modernidad

El antropólogo estadounidense Bill Washabaugh asegura que el flamenco (“un lugar donde el ser humano hiperbólico pretende encontrar algo desconocido”) es capaz tanto de llegar a la gente y extasiarla como de dejarla completamente indiferente. Para el profesor titular de Sociología de la Universidad de Sevilla, Gerhard Steingress, las distintas reacciones que provoca el flamenco no obedecen únicamente a criterios musicales, sino también a algo que está “relacionado con la dimensión cultural que abarca y que lo transforma en un instrumento de trasmisión de valores y sentimientos”. No hay que olvidar que en el flamenco, lo profundamente emocional y lo cultural se funden y confunden, e incluso resulta un tabú separar lo uno de lo otro. De hecho, el flamenco se ha utilizado con frecuencia como un elemento de identificación étnica y nacional, algo que se refleja en los debates en torno a su autenticidad, donde se suele recurrir a argumentos que poco -o nada- tienen que ver con la creatividad musical.

En cualquier caso, los artistas han seguido su camino al margen de esos debates estériles, hermanando la herencia de sus antepasados con las emociones y sentimientos del tiempo que les ha tocado vivir. En este sentido Gerhard Steingress considera que lo que distingue al flamenco del folclore andaluz no es el contexto histórico y simbólico en el que surgió, sino la dimensión de universalidad que ha alcanzado y que hace que sea comprendido y sentido con fervor más allá de los límites de Andalucía. “Tiene que haber una cuerda universal, señaló Gerhard Steingress durante su intervención en la sede de La Cartuja de la Universidad Internacional de Andalucía, que el flamenco hace vibrar en todo el mundo, entre personas muy diferentes pero sensibles a ese ser humano hiperbólico del que hablaba Washabaugh”.

Evidentemente, hay una gran diferencia entre escuchar a Silverio Franconetti, acompañado de una guitarra mal afinada, cantando una caña en el café del Burrero de Sevilla, y asistir a un recital de cualquier cantaor contemporáneo. El desarrollo social y cultural que han experimentado las llamadas sociedades avanzadas ha cambiado radicalmente nuestra manera de ver y de sentir la realidad. Y el flamenco no está al margen de ese profundo proceso de transformación. Pero a juicio de Steingress lo que han cambiado han sido los valores (que son manifestaciones culturales) y no los sentimientos (que tienen un fuerte anclaje en la psicología humana). Es decir, se han transformado las claves culturales, las maneras de interpretar y de valorar las experiencias flamencas, pero la emoción continua siendo la misma. Y aunque ya estamos en una “onda” completamente diferente a la que se pudo vivir en el café del Burrero, hemos sido capaces de recrear y reinventar aquella atmósfera con nuestros propios medios. “Porque seguimos siendo, subrayó Gerhard Steingress, el mismo tipo de ser humano, con la misma capacidad de expresión corporal y de comunicación de los sentimientos a través de la lengua y del cuerpo”.

El flamenco nació hacia 1850 en un momento histórico en el que la sociedad andaluza vivía una situación de profundos contrastes. Es fruto de un nuevo folclore urbano que trataba de recuperar expresiones culturales reprimidas por el Antiguo Régimen (reivindicando lo popular, lo gitano y lo natural) para mezclarlas y fusionarlas con los ritmos y deseos de la emergente sociedad moderna. De este modo, puede decirse que el flamenco es “una manifestación musical y corporal de la Modernidad” que supuso al mismo tiempo una ruptura, una superación y una síntesis de la cultura tradicional anterior y que, al igual que el bel canto italiano o las romanzas de las zarzuelas, invadió los salones burgueses de mediados y finales del siglo XIX. “En definitiva, precisó Gerhard Steingress, todos los indicios, los datos y la dinámica del flamenco señalan claramente que se trata de un arte moderno, de rasgos lorquianos y retoques de Picasso, marcado por la lírica de la trompeta de Miles Davis y coronado por una generación posterior de artistas cuyo instinto musical les ha conducido a un mundo más amplio y más complejo”.

Desde hace tres décadas estamos asistiendo a la emergencia de lo que Gerhard Steingress denomina “flamenco postmoderno”, pues aunque, en su esencia, este arte no ha cambiado (sigue siendo una manifestación “del alma herida del hombre”), si han variado sustancialmente las claves culturales mediante las cuales se expresan las emociones humanas. La “postmodernidad” del nuevo flamenco” deriva, por tanto, de su contemporaneidad.

En la postmodernidad se rompe con la distinción -cargada de connotaciones elitistas- que se establece en la Modernidad entre alta y baja cultura. La hibridación transcultural se convierte en el motor principal del desarrollo artístico-estético, propiciando una redefinición del marco cultural de las “sociedades avanzadas” y diluyendo el carácter exclusivo de las manifestaciones étnicas. La sociedad andaluza no está al margen de este proceso de cambio y los artistas flamencos sienten la necesidad de expresar los contenidos tradicionales del cante y del baile en claves estéticas contemporáneas.

Según una encuesta de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) del año 2000, en España el interés por el flamenco es muy alto entre personas mayores de 55 años y de estrato social bajo y medio. Curiosamente, el porcentaje de encuestados que atribuyó un alto valor al flamenco fue casi el doble en Andalucía (49,5%) que en el resto del país (25,8%). Gerhard Steingress cruzo los datos de este informe con los de un estudio sobre la presencia de los valores tradicionales, modernos y postmodernos en la sociedad andaluza realizado por Eduardo Bericat, catedrático de Sociología en la Universidad Hispalense.

Para Bericat, los valores tradicionales (propios de las culturas pre-modernas) responden a un modelo de vida social condicionado por la producción agraria, y cuyo ritmo está marcado por las faenas en el campo, las festividades religiosas, el ciclo de las estaciones y conceptos como el honor, el orgullo o la reciprocidad. Los valores modernos se basan en una visión materialista de la vida y en la confianza en el progreso lineal de la sociedad gracias al desarrollo industrial, tecnológico y científico. Por último, afirmó Gerhard Steingress, “los valores postmodernos se centran en el valor del individuo, en la sensibilidad hacia el entorno social y natural, la auto-realización y la libertad personal”. Así, mientras los valores modernos tratan de encontrar soluciones a la escasez material de la vida, los postmodernos buscan respuestas a la “pobreza espiritual” de una vida caracterizada por la sobre-abundancia material.

Las conclusiones del estudio de Eduardo Bericat sobre el cambio de valores en Andalucía certifican dos cosas. Por un lado, la existencia de un “retraso cultural” ya que, la población andaluza, comparada con la del resto de España, se adscribe en mayor grado a los valores tradicionales. Igualmente, en la relación entre valores modernos y postmodernos, la balanza se inclina a favor de los primeros en un porcentaje mucho más alto que en las demás regiones del Estado. Por otro lado, se observa una “fractura cultural”, una polarización social, generacional y de género. De este modo, los valores tradicionales tienen más defensores entre las personas de estratos sociales bajos, mayores de 45 años y las mujeres; mientras que los valores modernos y postmodernos encuentran más apoyo entre las personas de alto nivel formativo y profesional, los jóvenes y los hombres. Se puede pensar que esta polarización tenderá a reducirse progresivamente en favor de los valores modernos y posmodernos, debido al recambio generacional y al incremento generalizado del nivel educativo. Pero Bericat recuerda que a pesar de los esfuerzos realizados durante los últimos años por la administración pública para intentar modernizar Andalucía, siguen perviviendo estructuras sociales ancladas en la tradición. A su juicio, la solución pasa por desarrollar “un proyecto cultural para Andalucía capaz de modernizar la tradición y al mismo tiempo de postmodernizar la modernidad”.

En el caso del flamenco, la evolución estética de este arte sólo ha sido posible gracias a la inquietud de los propios artistas, que en su búsqueda de valores más universales y complejos, han tenido (y tienen) que eludir una doble presión: la de los neotradicionalistas (que consideran su modelo estético como el único válido y legítimo) y la de las compañías discográficas (que anteponen sus intereses comerciales a cualquier otro criterio).

En la postmodernidad -que a juicio de Gerhard Steingress es ante todo una modernidad reflexiva (una modernidad que se piensa y se revisa)-, estamos sometidos a una enorme ambigüedad y fragmentación. Una ambigüedad que hace que, a veces, los valores postmodernos se expresen en clave neotradicionalista. Es decir, la defensa de valores tradicionales (familia, hogar, comunidad…) refleja no sólo un “retraso cultural” respecto a los valores de la Modernidad (libertad, progreso, autodeterminación…), sino también un rechazo a algunas de sus consecuencias. El nuevo flamenco sería un ejemplo claro de esa ambigüedad, pues es una música tradicional re-elaborada a partir de los nuevos valores postmodernos. Lo paradójico es que los llamados puristas, máximos críticos del nuevo flamenco, defienden un tradicionalismo estético que, en muchos aspectos, concuerda con los valores postmodernos. La diferencia, según Steingress, es que los nuevos flamencos intentan (con más o menos fortuna) re-inventar la tradición, mientras que los puristas se limitan a reproducir un modelo estético congelado en los años 50 y 60 del pasado siglo.

Para Gerhard Steingress, la defensa del flamenco tradicional no implica necesariamente un rechazo del nuevo flamenco (ni al revés). Por el contrario, es posible disfrutar y aprender de ambos, “aunque suelen ser los puristas, advirtió, los que adoptan una postura más fundamentalista y exclusiva”. En cualquier caso, Steingress piensa que ante la incapacidad del neotradicionalismo para comprender la estética flamenca desde las necesidades psicológicas de la sociedad contemporánea (muy diferentes a las que había cuando surgió hace 150 años), “el flamenco postmoderno tiene que ser capaz de expresar las ambivalencias y contradicciones de nuestro tiempo a partir de su propia tradición musical y de expresividad corporal”. Así, frente a la reivindicación del modelo etnicista que propugna el neotradicionalismo, el flamenco postmoderno debe apostar por un futuro artístico del género en el marco de una cultura global.

En la fase final de su intervención en el seminario Flamenco, un arte popular moderno, Gerhard Steingress aseguró que el flamenco postmoderno es una respuesta a la crisis del modelo neotradicionalista promovido por Antonio Mairena y sus seguidores. Para demostrar esta idea Steingress recurrió a una tesis que ha realizado recientemente la francesa Eve Brenel en la que se incluye un análisis detallado de la actual composición del mundo del flamenco a partir de una selección aleatoria de 322 profesionales del cante, el baile y el toque que aparecen en la Guía libre del flamenco de José Manuel Gamboa (donde se mencionan a 1650 artistas flamencos).

Tomando como referencia la variable “edad”, la comparación entre los profesionales mayores de 50 años y la generación de artistas menores de 30 años, nos permite llegar a una serie de conclusiones muy significativas. En primer lugar, la aparición del nuevo flamenco (o del flamenco postmoderno) ha propiciado una regeneración del cante que con la crisis del modelo mairenista había ido perdiendo peso. Además, durante las últimas décadas se ha favorecido una feminización del flamenco, y si entre los artistas mayores de 50 años, la tasa de cantaoras y bailaoras apenas alcanzaba el 13%, entre los más jóvenes asciende hasta el 38,6% (existiendo plena igualdad en el baile -casi el 50%- y un desequilibrio absoluto en el toque -0%-). Por último, el nuevo flamenco ha estimulado “la gitanización del flamenco”. Así, el porcentaje de artistas gitanos ha aumentado sensiblemente: del 29% entre los mayores de 60 años al 47,7% entre los menores de 30. “El gitanismo de Mairena, concluyó Gerhard Steingrees, fue cosa de los payos; el nuevo flamenco tiene un perfil gitano mucho más auténtico”.

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