Flamenco un arte popular moderno
Charla de José Luis Ortiz Nuevo con Gerardo Núñez

La segunda jornada del seminario Flamenco, un arte popular moderno, contó con la presencia del guitarrista jerezano Gerardo Núñez (1961) que recientemente ha publicado su quinto trabajo Andando el tiempo en el que, entre otros, han participado Paolo Fresu (trompeta), Perico Sambeat (saxo), Mariano Díaz (piano) y sus colaboradores habituales: Ángel Sánchez “Cepillo” (percusiones y palmas) y Pablo Martín (contrabajo). Durante su conversación con José Luis Ortiz Nuevo, Gerardo Núñez recordó que se inició en el mundo de la guitarra flamenca de la mano de Rafael del Águila (“un auténtico bohemio que se levantaba todos los días a las siete de la tarde”), y que ya a los catorce años comenzó a acompañar a cantaores como Alfredo Arrebola, María Soleá, Terremoto o Tío Gregorio El Borrico. Desde entonces, este inquieto músico -que define la guitarra como el “piano de los pobres”- no ha dejado de aprender divirtiéndose (“bajo mi punto de vista lo importante no es tocar muchas horas, sino disfrutar tocando”) y en su triple faceta de compositor, concertista y acompañante ha sabido integrar el sonido jondo con otros esquemas musicales. En su intervención en la sede de La Cartuja de la Universidad Internacional de Andalucía, Gerardo Núñez -que considera que en el flamenco no basta con la habilidad técnica (“tiene que haber algo más”)-, confesó que cuando compone no se plantea nada: “me dejo llevar y las cosas van saliendo”.

- José Luis Ortiz Nuevo: Gerardo es un músico de la casta de Jerez, que se preocupa por preservar las raíces del flamenco (los sonidos negros) y a la vez explora con respeto y rigurosidad otras sensibilidades musicales: el jazz, el rock sinfónico, la música clásica. Es, en definitiva, un creador de los pies a la cabeza, un auténtico portento de la guitarra que a pesar de su indiscutible talento sigue siendo una persona afable y sencilla.

- Gerardo Núñez: Voy a empezar contando algunas anécdotas que me han ocurrido a lo largo de todos estos años. Pues creo que en ellas está la clave de lo que hago y soy en estos momentos. Yo estoy vinculado al mundo del flamenco desde que era pequeño. Empecé a tocar muy pronto, con apenas 11 años, y desde siempre he sido lo que se dice un “adelantaillo”. Tras seis o siete meses practicando, ya apuntaba buenas maneras y participé en algunos recitales que organizaba la Cátedra de Flamencología de Jerez de La Frontera (Cádiz). Mi maestro fue Rafael del Águila, un auténtico bohemio que se levantaba todos los días a las siete de la tarde y, a veces, daba clases a las tres de la mañana. De hecho, en más de una ocasión, cuando por la tarde llegaba a su casa (una chabola sin lozas que casi nunca limpiaba ni ordenaba), me echaba unas broncas tremendas por despertarle.

Se retiró con 30 años y ya nunca más volvió a actuar en público hasta que se murió. Rafael era muy aficionado a la lectura y a la música (a muchos tipos de música, no sólo al flamenco). Su casa estaba llena de libros y de partituras y cuando veía que uno de nosotros estaba un poco más adelantado le enseñaba cosas de Albéniz o de Tárrega (como Recuerdos de la Alhambra). Sin embargo, nunca nos enseñó a leer y escribir partituras. También recuerdo como algunos días venía Antonio Jero, el hermano de Periquín, y a escondidas de Rafael, nos retaba a que compitiésemos con él para ver quien tocaba más rápido las bulerías. Una vez, Antonio tuvo que salir “por patas” (y nosotros quitarnos de en medio) porque Rafael apareció de repente con un palo y se puso a gritarle.

Ese es el ambiente en el que empecé a tocar la guitarra. Gracias a la buena relación que tenía Rafael del Águila con Juan de la Plata, el director de la Cátedra de Flamencología de Jerez, con 13 o 14 años pude tocar con algunos cantaores como Alfredo Arrebola o María Soleá. A partir de ahí, empezaron a llamarme de muchos sitios, entre otras cosas, porque como era muy joven, cobraba bastante menos que otros guitarristas como Parrilla de Jerez. Una de mis primeras actuaciones fuera de Jerez fue en Jaén con el cuadro flamenco del Tío Gregorio El Borrico (donde también estaba la abuela de El Pipa, que era bailaora). Allí en Jaén, como no había escaleras, me toco a mí y a otro chaval subir a los “viejos” al escenario. A la vuelta, el coche en el que íbamos se “escacharró” (se estropeó), dejándonos tirado en medio de la carretera.

 

- J.L.O.N.: ¿Y que recuerdos tienes de la juventud?

- G.N.: En la juventud me marcó mucho el descubrimiento del rock sinfónico y de grupos y artistas como Pink Floyd, King Crimson o Frank Zappa. También fueron muy importantes para mí los discos y actuaciones de Triana y de otras bandas de rock andaluz. Y, por supuesto, el descubrimiento del jazz. Creo que la mezcla de todo eso, de mi infancia en Jerez y de mis inquietudes de juventud, ha provocado que sea como soy, que haga lo que hago. Desde luego, hay una cosa que tengo muy clara: lo que más me interesa es poder divertirme mientras aprendo. Y eso hace que me meta en todo tipo de “líos”, que me involucre en proyectos por los que, a priori, nadie da un duro.

 

- J.L.O.N.: Como músico que eres, ¿el cante flamenco que representa para tí?

- G.N.: Para mí significa muchas cosas. Es algo que viene de una experiencia muy singular, algo que no se puede analizar ni describir fácilmente. En mi caso, está ligado a mi vida en Jerez de la Frontera, un pueblo muy polarizado en el que nunca, hasta ahora, ha habido clase media. Allí todos éramos pobres (campesinos y obreros), salvo tres o cuatros familias que se repartían todo el dinero. Bueno, había un burgués, el farmacéutico, que me llevaba a sus fiestas privadas y me pagaba con botellas de whiskeys. Los demás, estábamos muy machacados y sentíamos vergüenza de ser pobres. Yo he visto a la gente ir descalza al campo para no gastar los zapatos. Las “fatigas” que pasábamos, nos obligaban a hacer “encajes de bolillos” para ganarnos el pan, apañándonos con lo que teníamos. Todo eso te va marcando. El cante flamenco es fruto de esas vivencias. Es una especie de liberación, de válvula de escape. Vas a la taberna, te bebes lo más grande, y cantas.

Con frecuencia se dice, y con razón, que mientras exista la alegría y la fiesta, existirá el flamenco. Pero cuando uno ha vivido en una sociedad tan clasista como la de Jerez, el cante termina siendo una liberación de tus furias y de tus “fatigas”. Recuerdo, por ejemplo, que cuando era adolescente (mediados de la década de los 70) y empecé a tocar en las fiestas que organizaban las Bodegas jerezanas, los integrantes del cuadro flamenco teníamos que comer en la cocina, fuera de la vista del resto de los invitados. Además, en esas fiestas había combates de bailaoras. La que ganaba se llevaba un duro. Todas esas humillaciones dejan en ti una huella imborrable. Y yo, personalmente, aprecio mucho a los artistas flamencos que son capaces de reflejar esas vivencias en sus cantes.

También me acuerdo de una gitana que cantaba muy bien, la Bolona, pero que se tenía que ganar la vida regentando un “bar” en mitad del campo donde había “habitaciones” que se alquilaban por horas a hombres que iban con sus “queridas” o con prostitutas. A veces, yo me pasaba por allí con mi amigo El Chicle, nos pedíamos una botella de vino y estábamos horas tocando la guitarra a la espera de que la Bolona se animara a cantar. Sinceramente pienso que en el flamenco, no basta con la habilidad técnica, tiene que haber algo más.

 

- J.L.O.N.: Y todos esos sentimientos, todas esas vivencias, ¿cómo se reflejan en tú música?

- G.N.: La verdad es que no analizo la música que hago. Yo toco lo que sale. A veces es muy sofisticado (muy complejo técnicamente) y otras muy simple. Pero una vez he compuesto un tema, no lo modifico, pues creo que si ha salido así, es porque refleja lo que en ese momento sentía.

 

- J.L.O.N.: Y cuando te pones a componer, ¿cómo te llegan los quejíos del Tío Borrico o de María Solea?

- G.N.: Llegar, no llega nada. Eso está en el subconsciente y siempre digo que mi subconsciente sabe más que yo.

 

- J.L.O.N.: ¿El subconsciente o la memoria?

- G.N.: No lo sé. Es algo que está ahí, dentro de nosotros, y que en ciertos momentos aflora. Pero, en cualquier caso, no soy muy partidario de recurrir a las técnicas de composición. Prefiero dejar que salgan las cosas por sí solas.

 

- J.L.O.N.: ¿Y en qué momento del día salen las “cosas”?

- G.N.: Por la noche, porque está todo el mundo durmiendo y se está en la gloria. No suena el teléfono, ni el cartero, ni el de la bombona… (risas). Aunque, en realidad, no tengo un horario para componer. De hecho, cuando tengo algún encargo es cuando peor lo paso.

 

- J.L.O.N.: ¿Y cómo salió, por ejemplo, la soleá de tu última obra?

- G.N.: Pues salió. Sin más. Cuando la compuse yo no estaba buscando nada concreto. Estaba utilizando la misma afinación de la rondeña, se me fue la mano y empezó a salir por si sola. Ten en cuenta que la guitarra es el piano de los pobres, pues al ser polifónica permite la armonía (es muy difícil, por ejemplo, armonizar con un violín). Es como un piano pequeñito. Hacia arriba no hay problemas, tenemos unas notas que llegan bien. Pero hacia abajo, es mucho más complicado: la nota “mi” de una guitarra correspondería al “mi” que está a la mitad del teclado de un piano. Desde ahí hasta abajo, los pianos tienen un montón de secuencias graves de las que carece la guitarra. Por eso, los guitarristas flamencos siempre desafinamos las cuerdas antes de tocar y, si os dais cuenta, tiramos para abajo. A nivel técnico, quizás la solución estaría en ponerle una cuerda más. Pero eso es impensable, cambiaría demasiado todo. En cualquier caso, cuando compongo, no me planteo nada. Me dejo llevar e inconscientemente voy descubriendo cosas. Por lo general, las composiciones me salen muy rápidas, casi del tirón. Aunque después me puedo llevar tres meses sin componer nada. Entiendo la composición como algo que se llena y se vacía. Y si no hay nada dentro, no sale nada.

 

- J.L.O.N.: ¿Qué me puedes decir de Ángel Sánchez “Cepillo”, tu percusionista?

- G.N.: El Cepillo…, ese lo único que hace es dar golpes (risas). Bueno, hablando en serio, es un enamorado de las cosas de Jerez, del ritmo, del soniquete. Disfrutamos los dos de las mismas claves. El me aporta ese ritmo, ese compás, que la gente de Jerez apreciamos muchísimo.

 

- J.L.O.N.: Pero, ¿qué es para ti el compás?

- G.N.: Es algo que llevamos dentro mucha gente de Jerez. Es difícil de definir, porque entramos en el terreno de las matemáticas. Pero de unas matemáticas que, en vez de encorsetarnos, nos libera.

 

- J.L.O.N.: ¿Y qué papel juega Pablo Martín, tu contrabajo?

- G.N.: El aporta precisamente lo que la guitarra no tiene: los tonos graves y bajos. No hay que olvidar que la guitarra flamenca es fruto de la necesidad. Es un instrumento accesible y barato, aunque con limitaciones. Alrededor de ella se han ido inventando un montón de cosas.

 

- J.L.O.N.: ¿Qué crees que le interesa de los guitarristas flamencos a artistas procedentes de otros géneros musicales?

- G.N.: Lo que más les llama la tención es nuestra impronta, nuestra pasión, nuestra capacidad para sortear con ingenio las limitaciones. Admiran el ímpetu y arrojo con el que tocamos. Pero aparte de eso, no se puede olvidar que la mayor parte de los guitarristas flamencos (al menos, los de mi generación) nos hemos esforzado mucho para estudiar y alcanzar un buen nivel técnico.

 

- J.L.O.N.: Cuando tienes delante al “bicho” supremo del baile contemporáneo (Israel Galván), ¿qué se te pasa por la cabeza?

- G.N.: Mi relación con el baile viene de muy antiguo. En mi adolescencia, seguí el método tradicional para aprender a tocar la guitarra flamenca: primero pasé unos cuantos meses con mi maestro Rafael del Águila, después cogí soltura en una academia de baile (en la escuela de Juan Parra, un bailaor que todavía vive en Jerez) y finalmente empecé a actuar en peñas y a acompañar a algunos cantaores. Desde entonces, nunca he dejado de tocar para bailar. He tocado para gente como El Guito, Manolete…, incluso mi mujer es bailaora. Soy muy aficionado al baile, y los que más me interesan son los bailes espontáneos, los que le salen a la gente que no sabe bailar. Cuando empecé a colaborar con Israel Galván, disfruté mucho. Y como yo estoy aquí para gozar, sigo colaborando con él. Aunque no sabría explicarlo (no es fácil hacerlo), realmente entiendo lo que él quiere decir, lo que quiere expresar.

 

- J.L.O.N.: Bajo tu punto de vista, ¿cuál es el motivo por el que los guitarristas flamencos siguen estando en segundo plano, especialmente en España?

- G.N.: Creo que es por un complejo de inferioridad no superado. Es el mismo mecanismo por el que en Andalucía, mucha gente que durante toda su vida se ha sentido comunista, cuando se compra un coche o una casa, empieza a votar al Partido Popular. Los andaluces somos gente muy acomplejada que ha sentido una tremenda vergüenza de su pobreza y que una vez alcanza cierto nivel económico, reniega de sus orígenes. Eso hace que en la programación del Teatro Villamarta de Jerez, haya mucho espacio para la ópera (de hecho, casi siempre se acaban las entradas con bastantes días de antelación) y sin embargo se le preste muy poca atención al flamenco (sobre todo a la guitarra). Bueno, también hay que tener en cuenta que, en España, desde hace mucho tiempo se potencia la ostentación y la fama. Actualmente, en este país, para poder llenar un teatro tienes que ser famoso. La gente, en general, tiene muy poca cultura musical. Y si no te enseñan a degustar buena música, es lógico que aceptes lo que anuncian por televisión.

Una de las cosas que más me ha preocupado durante los últimos años ha sido conquistar un espacio propio para la guitarra flamenca. No entiendo por qué se exige siempre que los guitarristas lleven a bailaores y a cantaores en sus espectáculos. Por eso he empezado a producir cosas de guitarristas jóvenes. Os aseguro que tenemos “auténticos monstruos” de apenas 20 años que nadie conoce. En mi casa tenía un estudio de grabación digital que se llama pro tool guardado en un ropero. Un día lo descubrió El Cepillo, y me animo a que lo montara en una habitación del sótano. Con el pro tool grabamos y editamos el disco La nueva escuela de la guitarra flamenca. Si escucháis bien, en algunos momentos del disco se pueden oír los maullidos de los gatos que estaban en el garaje. Gracias a ese disco dimos una gira de conciertos en Austria, Alemania y Suiza. Todos los teatros se llenaban y los espectáculos acababan con la gente de pie aplaudiendo entusiasmada.

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